octubre 09, 2009

Jonás, el mártir


Siempre fue muy coherente con lo que pensaba. Y muy rebelde; de pensamiento libre, alejado de las garras de los curas y del sistema. El viento se sentía frío allí arriba del rascacielos.

No sintió miedo. Él había vencido al sistema. Toda verdad es relativa y el iba a demostrarlo al surcar los cielos con el poder de su voluntad.

Cuando sus compañeros anarquistas –un poco más moderados-contemplaron a Jonás con las tripas de fuera pegadas al pavimento y los huesos a la vista, nombraron al camarada Jonás el primer mártir del relativismo. Ahora cada seis de junio se celebra una pequeña ceremonia en su honor.

octubre 02, 2009

Regiones de Luz

Para Papá y Mamá, Jesus Aarón e Iso, y Gil.

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Varones que llegan cansados después del trabajo

comida casera; cocinada como para Dios.
niños callados en misa. Corazones dulces
regiones de luz. Dorados claros. Amables y sutiles.

Un rinconcito para crecer en este mundo decadente.
De pie desde el primer momento.
Soñando nada más tocar la almohada,
medicina en el torrente sanguieneo de la cultura.

¡Como cuesta; pero, cuanto vale!

¿No fue una mañana de Martes, cuando te diste cuenta que el mundo no se cambia con revoluciones? Hizo falta quién te enseñara que las reformas están hechas de coloides de oro: granillos de arena.

septiembre 29, 2009

Efimeridad

Este texto lo escribí hace tres años creo, incluso pueden ser más. Tenía 17 o 16 años. Lo tenía guardado por allí y pensé en volver a subirlo pensando en mis hermanos que están acercandóse a la edad en la que lo escribí. Es decir, su reaparición está dirigida a ellos: Manu, Ana y Emma. Así pensaba a los dieciséis, algunas cosas no han cambiado.

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Te vi y la idea me pegó de frente. Me di cuenta de que somos sueños perdidos en el infinito, una estrella fugaz.
Esa pupila negra con azul perdida en el vacío eterno, cansada de mirar atardeceres, me hizo levantar la vista y darme cuenta que la vida se me va a cada respiro, en cada parpadeo. Se va y punto: con el tiempo no hay negociaciones ni regateos.
Perdido en tu piel cansada de sonrerir, de surcos- a estas alturas ancestrales- me vi a mi mismo sentado a la sombra del nogal tratando de abrochar mis agujetas. En el triciclo azul. Jugando a los Dinosaurios, y a "la trais" y en mi primer dia de clases.
Y de pronto así de golpe, me ví parado aquí, con la vida por delante y las esperanzas en la mano. Es una sensacion nueva, una bestia de dos caras que asusta y atrae al mismo tiempo. Tan inexpugnable que parece una bella poesía, una ironía perfecta, el agridulce maestro.
Siento tantas cosas que estoy cansado de sentir, y el concepto de la vida fácil se derrumba como el hada de los dientes, el ratón, y santa claus.
Vivo en un instante, soy un destello, una mezcla de misterio y claridad. Soy tan poco comparado con el tiempo y el espacio que no me queda más refugio que vivir, cada instante, cada minuto, cada momento que no vuelve como el último. Tengo; quiero; debo vivir como hombre.
Sí,cresco, pero contra mi voluntad nunca más, es un reto que acepto. Mi compromiso: O se toma al toro por los cuernos o se esta entre las patas.

septiembre 06, 2009

Lineas rectas y pulsaciones.

Para Duby.


Para los geómetras un linea no es más que un conjunto de puntos; pero este verano yo he comprobado,una vez más, que la vida es muy diferente a las matemáticas.

Nuestra vida, como bien notó un grafitero regiomontano se desenvuelve en instantes: somos instantes. Así nos transcurre la vida. El instante en que me lavé lo dientes en la mañana, el instante en que desayuné un miserable pan con mantequilla (como se extrañan los desayunos mexicanos), clases, unas birras por la noche y de pronto;otra vez el instante en que me voy a la cama. Entonces, acostado divagas y parece que la vida es también un instante comparado con los instantes que forman la recta del universo. Y uno se asombra de lo viejo que es el tiempo y después le viene está idea. La vida viene en pulsaciones: la continuidad no es más que un idealismo. Y si se estudia filosofía, o se está lo suficientemente loco como para seguir divagando por estos vericuetos, se aprecia de inmediato la falacia. Es necesaria la recta. Es tan real, o más que los supuestos instantes. Vivir en línea recta unifica y ordena todos los instantes que llegan sin razón aparente y dá sentido al aparente caos de la vida. Además vivir en linéa recta es una elección. Lo demás es dejarse llevar por la corriente de momentos.

mayo 11, 2009

Práctica VII: La mejor historia de otro

El general Villa no mata niños

La multitud se aglutinaba a lo largo de una estrechísima calle de tierra. Todos los ciudadanos de Gómez Palacio, una ciudad al norte de México, se habían reunido en la calle central para ver pasar al hombre que la revolución había convertido en leyenda. El sol brillaba con intensidad y la temperatura oscilaba alrededor de los cuarenta grados. Una brisa de aire caliente levantaba el polvo de la calle. Las paredes de los edificios, los sombreros de los hombres, los vestidos de algodón de las mujeres, las sandalias de los campesinos, los caballos: todo Gómez Palacio estaba recubierto de una capa de polvo fino, que ,junto con el calor, creaba un ambiente de película de vaqueros.
El polvo se pegaba en la frente y las mejillas sudorosas de los ciudadanos y creaba una especie de lodo muy molesto. Sin embargo, la curiosidad siempre vence a la comodidad. Ni la tierra ni el calor eran capaces de provocar que la multitud se refugiara en sus casas. Aquel día, iba a desfilar por la ciudad el ejército revolucionario más importante del norte de México: La División del Norte.

Se escuchó, cada vez más cercano, el galopar de los caballos. Hubo murmullos entre la multitud. Por el extremo sur de la calle entraba el contingente revolucionario encabezado por el general Pancho Villa. Algunos de los presentes, los mejor vestidos, se inquietaron un poco. Sonreían nerviosamente a sus mujeres garantizándoles que no correrían ningún peligro. Otros cuantos se pararon de puntillas para ver con más claridad.
Guillermo Covarrubias, un niño de siete años, tiraba del pantalón de Don Manuel, su padre. Le insistía con su voz aguda en que lo sentara sobre sus hombros. Se advertía con claridad en sus ojos grandes y negros, la ilusión y la curiosidad propias de los niños. Brillaban.
–Ándale, papá, ¡cárgame! Quiero verlo de cerquita.
–Que no, Memo, ya te dije que puede ser peligroso. Ya hice bastante con sacarte a la calle.
Guillermo retorcía sus manos, y las apretaba con fuerza, estaba ansioso. Intentó pararse de puntillas para ver como su padre, pero resultó inútil. Se tiró al piso, e intentó mirar por debajo de las piernas de los aglutinados. Se arrastró hacia la fila del frente y se perdió de la vista de su padre. Cuando don Manuel se dio cuenta de que había perdido al niño procuró mantener la calma. Comenzó a gritar su nombre y a preguntar a los que estaban a su lado si lo habían visto. De pronto, se hizo un silencio repentino. En esos momentos Pancho Villa pasaba justo por delante de don Manuel.

La apariencia física de Villa y los rumores sobre sus acciones ofrecían datos muy contradictorios. Regordete, bajito, y moreno, Pancho Villa no era precisamente la encarnación de un héroe legendario. Tenía las cejas delineadas de manera natural, y debajo de ellas se encontraban dos ojos minúsculos y negros que se entrecerraban cuando miraban con severidad. Intimidaban. Usaba sombrero habitualmente y llevaba el bigote muy poblado. Le colgaban de los hombros dos bandas de municiones que se cruzaban en forma de x en el centro del pecho, por encima de la barriga. Pero a pesar de su físco, aquel bodoque tenía un genio militar incomparable, había sorprendido con acciones muy novedosas al ejército contrincante y se había convertido en el dueño del norte de México en muy poco tiempo.

Don Manuel vio que Memo saludaba desde arriba de una estatua al general y se quedó tieso, no le salía la voz. Villa miraba a su hijo con los ojos entrecerrados. Desmontó con agilidad de su caballo y se aproximó al niño. Avanzó con velocidad entre la multitud que le abría el paso asustada y se detuvó al pie de la estatua.
Los presentes esperaban lo peor. Algunas mujeres musitaban oraciones, y los hombres se secaban el sudor con sus pañuelos. En la ciudad se habían escuchado muchos rumores negativos sobre Villa. Decían que tenía un humor muy de cantina, que presumía de su hombría y que llamaba maricones a los militares del Ejército Federal. Que abusaba de las mujeres que no conseguía seducir, y que tomaba prestados los mejores caballos de cada ciudad. Que había sido un bandido antes de unirse a la revolución. Que le gustaba apostar en las pelas de gallos, y que mataba a la gente como si destapara una cerveza. Parecía ser el tipo de hombre que dispararía a cualquiera por haberle ganado en las cartas; como uno de esos bandidos que siempre atrapa el sheriff en las películas estadounidenses. Solo que en aquellos instantes no había ningún sheriff a la mano.

Villa se acercó al niño, y su mirada cambió. La mirada y la voz se le suavizaron. Se dirigió a Guillermo con una sonrisa de media boca.
–¡Bájate de allí, chamaco cabrón!, ¡que te vas a pegar! ¿Dónde están tus papás?

Villa ayudó a bajar a Guillermo con suavidad. Después de dejarlo a salvo. Levantó la vista y se dio cuenta de que a la multitud que lo observaba atónita.
–¿Qué me ven, cabrones?–preguntó Villa. El general subió a su caballo y prosiguió su camino. Memo regresó con una sonrisa gigante a donde estaba su padre. Sería un héroe en la escuela. Villa le había llamado muchacho cabrón.
Don Manuel estaba paralizado. Abrazó a Guillermo que venía a su encuentro sin quitar la mirada de Pancho Villa. Lo miraba atónito, con la boca y los ojos muy abiertos.

La percepción de don Manuel respecto a Villa no fue la misma a partir de aquel suceso. Después de todo, los rumores también decían que respetaba a los sacerdotes y repartía grandes cantidades de dinero entre los desamparados. Como un Robin Hood mexicano. No se podía dudar de sus convicciones sociales, ni de su afán de justicia. Decían que era fiel con los que consideraba que merecían su confianza. Y que alguna vez estuvo profundamente enamorado de una mujer adinerada. No, Pancho Villa no era un forajido ni un héroe. Era un hombre normal, quizá un poco vicioso; pero sin lugar a dudas, los rumores caricaturizaban su personalidad.