noviembre 18, 2013

La amargura de Malala


Mientras que, en horas de clase, un chavo de doce años, en alguna oculta calle de Madrid, enrolla un poco de hachís con tabaco con otros dos colegas; una niña de catorce años recibe un balazo en la cabeza por haber asistido al colegio.

La historia es la siguiente. Durante un tiempo, Malala Yousafzai, con escazos trece años, escribió un blog para BBC en el que relataba las peripecias que tenía que sufrir para recibir educación en su país, Paquistán. Pero eso de convertirse en un estandarte de los derechos de las mujeres no gustó nada un grupo de activistas radicales y decidieron que la solución óptima era pegarle un tiro en la cabeza a Malala. Como comprenderá, estimado lector, la historia tiene su intríngulis: al recibir un disparo y sobrevivir, Malala se transformó en algo así como Harry Potter, el niño que vivió. Se convirtió en la encarnación del ideal del estudiante occidental.  

Por supuesto no faltó la típica columna de opinión, del típico columnista iluminado, que achacó el atentado de Malala al “fanatismo religioso que tanto daño hace a la sociedad, y que tanta violencia provoca”. En un achaque de sentimiento, nuestro clarividente columnista no dudó en elevar a Malala a la categoría de mártir de los ideales de occidente. Es de esa reflexión de la que quiero partir para analizar esta noticia.

Si nuestra sociedad occidental fuera justa, la BBC por haber permitido que Malala escribiera el blog, y con ello haber puesto en riesgo su vida, tendría que pagar a Malala y a su familia una renta de por vida para que pudiera estudiar en Londres. Así, Malala podría estudiar en un instituto occidental, llegar a la universidad, graduarse, y conseguir un trabajo medianamente remunerado para poder aburrirse de lo lindo. Y, al cabo de un tiempo, no necesariamente largo, amargarse, con su reluciente vida occidental.

Si nuestra sociedad occidental fuera justa, Malala podría comprobar, con el estómago repleto, que el cielo no es en realidad el cielo. Que aquí en occidente también tenemos problemas y que no es que se esté mejor, sencillamente se padece injusticia de otro modo. Podrá ser testigo de la fatiga vital en los ojos de las personas que viajan en el metro; de la disparada tasa de suicidios, y fracasos matrimoniales; de los millones de abortos anuales y las enormes listas de espera para padres en adopción; de la trata de blancas, del narcotráfico... 

Pero quizá lo que más contribuiría al amargor de Malala sería el caer en la cuenta de la realidad del sistema educativo que plantea Occidente. Comprobaría con desazón como en el informe PISA, elaborado por occidentales, Oriente lleva la delantera. Y si profundizara más, comprobaría con desazón que tampoco en occidente se educa a las personas para que algún día alcancen la calidad moral de un mártir, o por lo menos de un héroe; ya no.

Ahora lo que va es ser escrupulosamente neutro en temas morales. Por mor de la libertad, lo que se lleva es enseñar a los chavales que saltarse clase para fumarse un porro no está ni bien ni mal hasta que ellos no lo decidan. Lo que se lleva son las matemáticas porque esas no dicen nada del bien o del mal. En Occidente, hay que aprender lo necesario para aprender a trabajar, pero no lo suficiente como para quejarse, o plantearse si en realidad, las cosas y nuestras acciones, pueden ser buenas o malas. O si las cosas van mal o bien. Todo pulcramente regulado y estipulado por la OCDE.

Hemos convertido a Malala en una mártir de un planteamiento educativo decadente, calado hasta los huesos de relativismo en el que la dignidad humana queda desfigurada. Y después lo ponemos en la portada de nuestros periódicos, nos damos palmaditas en la espalda, y nos felicitamos por no ser fanáticos retrógradas. 

Afortunadamente nuestra sociedad no es justa y Malala tiene posibilidades a escapar de este panorama. De este modo, sus padres, que bastante bien lo han hecho de momento, podrán seguir educando a Malala. Podrán seguir enseñando a Malala a distinguir entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto, y su familia no tendrá que sufrir la intervención de un organismo central, ni de asignaturas del calibre de “Educación para la Ciudadanía”. 

Mientras tanto, en Occidente este incidente podría servirnos para reflexionar y darnos cuenta de la importancia que tiene hacernos responsables de la educación de nuestros hijos. Quizá a raíz de este suceso podríamos darnos cuenta de que para poder educar a nuestros hijos primero tenemos que estar “educados” nosotros, porque si lo estuviéramos, no pensaríamos que es suficiente con enviar a nuestros hijos a la escuela. Y nos daríamos cuenta de que la principal educación viene del ejemplo, y que está íntimamente relacionada con la moralidad. 


Quizá Malala, la martir, podría recordarnos que educar para el bienestar material es un sofisma terrible, y que si lo hacemos así es porque confundimos bienestar con felicidad; Quizá Malala  y su familia puedan servir para recordar que en realidad los seres humanos debemos ser educados para la libertad, para saber que hacer con ella, para saber como hacer de nuestra vida una vida gloriosa, como la de Malala. 

mayo 08, 2012

Entorno a las elecciones de Julio


                Soy un desertor involuntario. Me fui a España a estudiar Filosofía dos años después del triunfo de Calderón en las urnas. Cuando volví a casa por las vacaciones de verano mi ciudad era otra. No se podía salir a la calle ni por el día ni por la noche. Se escuchaban balazos por las noches, a veces en la lejanía, a veces a la vuelta de la esquina. Degollaban jóvenes, secuestraban millonarios, disparaban en los estadios. Mi país ya no era el mismo, el cambio había empezado. 

                México está pagando el precio de elegir a un presidente de manos limpias. Ahora ya no es así, los rumores comenzaron de inmediato a manchar sus manos de sangre. Él y solo él era el responsable de la sangre que corre por el país. Las manos de Calderón se llenaron de sangre. El país lo desprecia. Es el presidente de los muertos. 

El comportamiento de los mexicanos, desgraciadamente, no ha sabido estar a la altura de los tiempos. Hemos exigido que se nos trate como sociedad, hemos exigido un cambio-libertad- y nos hemos comportado como masa, de manera reactiva. Hemos culpado a Calderón porque tenía que haber un culpable distinto a nosotros mismos. Calderón no es un asesino ni un imprudente, es el primer presidente en mucho tiempo que se preocupa  por el bien de México. Es el primer presidente que no tiene cola que le pisen, el primer presidente honrado. Somos nosotros quien hemos cargado la culpa sobre él, es nuestro chivo expiatorio, el que debe pagar por nuestra irresponsabilidad como sociedad. 

Pero somos nosotros los que hemos pactado durante 70 años con un sistema como el del PRI; con una ‘revolución institucionalizada’. Hemos aceptado vivir de pan y circo durante tanto tiempo que ahora no queremos pagar los platos rotos. Nos gusta ser masa, no queremos problemas, no queremos a nuestro país. Por eso corremos de vuelta a los brazos de nuestro antiguo dictador. Otra vez a los brazos de papá gobierno: “el PRI sí sabe controlar al narco” nos decimos, “el PRI nos protegerá”. ¿Es qué no nos damos cuenta de que un problema como el que atravesamos no puede ser causado ni en seis ni en doce años? ¿Es que no nos damos cuenta de que estamos pagando los excesos de 70 años de partidismo y dictadura suave? ¿Quién es el responsable de que los mexicanos no nos identifiquemos ni con nuestro gobierno ni con nuestras leyes? ¿El presidente de las manos limpias o el partido que nos ha estado manipulando como masa durante años?

Uno de los hechos que me resultan terriblemente irónicos visto desde fuera es el desprestigio que ha sufrido Felipe Calderón en su sexenio. Es irónico porque quizá sea este el primer sexenio de nuestra historia reciente en el que hemos disfrutado de seis años con un presidente honrado, preparado y responsable. Ignoramos las sorprendentes cifras macroeconómicas logradas por Calderón. Su capacidad por mantener el país a flote y por seguir invirtiendo en educación y le achacamos culpas que no le corresponden. Somos tan infantiles que le tachamos de alcohólico ¡Por Dios!,  ¡si es un pobre hombre que carga con un gran peso! Aunque no conozco a mi presidente, estoy seguro de que más de alguna vez ha deseado salir con el ejército a luchar contra el narco. Estoy seguro que más de una vez ha perdido el sueño al recordar a todas esas madres que sus hijos les han sido arrebatados. 

Es verdad que la política de lucha contra el crimen de calderón puede llegar a ser desacertada. Es discutible que el enfrentamiento directo no es la mejor opción. Pero sin lugar a dudas, constituye un gran acierto el haber destapado la coladera. Eso es algo que todos los mexicanos, también los que han perdido familiares, deben agradecerle para empezar a comportarnos como sociedad y no como masa. Calderón destapó la cañería por nuestro bien, no para hacernos daño: esto es algo que pocos le agradecerán.

Gobernar no es redimir. Un profesor, que conocía bien México, me dijo alguna vez que el país está cansado de salva-patrias. Su afirmación me impactó mucho ya que por aquel entonces me consideraba la única persona con esperanzas políticas en medio de esta ola de incertidumbre y violencia. Su aseveración fue como un golpe en la cara: me dolió pero me hizo despertar. No soy el único que quiere que esta época de violencia y egoísmo se termine en el país. La mayoría desea un México seguro en el que pueda desarrollar pacíficamente su vida; son sólo unos cuantos los que acaparan nuestro país. 


Los tiempos que corren exigen el heroísmo de lo ordinario. Exigen que como sociedad respondamos a nuestra aspiración común a un México democrático y pacífico. Ningún candidato puede conseguir esto, y el que lo promete, el que promete cambios radicales, fraternidad universal y amor entre los mexicanos o es ingenuo o es muy astuto, pero en ningún caso puede ser el presidente que necesitamos. Lo que nuestro país necesita es un dinamismo de iniciativa solidaridad; dinamismo que no puede venir desde arriba sino solo de nosotros mismos. Dejemos de engañarnos: el máximo al que podemos aspirar para gobernar nuestro país es una persona honrada que trate de buscar el bien para México. SI nuestro próximo gobernante no está a la altura, corre el peligro de poner el bien de México después de su prestigio político, del prestigió de su partido, cosa que nunca hizo Calderón. 

noviembre 15, 2011

Salvar el país


¿Qué te voy a contar yo? La cosa está dura. Apenas y nos da para el lunch de los chavos y yo me tengo que fletar la mañana sin desayunar. Ya sé vieja, ya sé que el pinche dinero no crece en los árboles. Pero no sabes como me dió coraje ver a aquel chavillo tatuado, abajándose con un mísero botesito de cartón, pidiendo misercordia. Ese chavo podría traer perfectamente un cuerno de chivo en vez de aquel bote y amedrentarnos a todos: yo le hubiera dado de todos modos tu chivo vieja. Era uno de esos chavos que andan bien metidos en la droga, pero que no sé como acaban saliendo y rehabilitándose ¿Pos qué no ves que pa los tiempos que corren ese chavo es un héroe?

¡Ay vieja! me moría de ganas de comprarte ese perfume que me dijiste que tanto te gustaba, el de la vieja esa tilica que malgasta el dinero en pendejadas. Pero no pude contenerme cuando vi a esos juniors burlarse de aquel chavo. Para mí que los malos somos nosotros, la gente normal, ¡cómo se ateven a humillar al que se humilla chingao! Esos chavos se merecían mínimo un filerazo entre las costillas, que los llevaran al hospital más caro de torreón y que sus papis, seguramente divorciados, se cagaran de miedo cinco minutos y luego soltarán un cheque bien gordo por la salud de su hijito, y que esa misma noche estuvieran de vuelta en casa con una copa de Buchannans dieciocho entre las manos sentaditos en su sillón de cuero café. Y que el pinche chavillo pendejo probará por una noche por lo menos qué significa estar jodido, qué significa la vida real.

Pero nada de eso pasó, ¿me entiendes? El pobre ex-drogadicto seguía teniendo el huevo reventado que le aventaron los pinches juniors en su camiseta; y yo el billete de quinientos que le acababa de cobrara a mi compadre Beto. ¡Pero no me pongas esas jetas carajo! ¡si acabamos de dar un pasito para salvar el país!

octubre 28, 2011

El don del escritor frustrado


He aquí la historia de un hombre que tenía la más intima inquietud por ser un escritor como lo fuese el gran Cervantes o el sufrido Dostoievski. Mirósele estudiar con ahínco la filología y los escritos académicos de estos dos autores, mirósele estudiar a fondo la técnica de la escritura en la mejor universidad inglesa. Mirósele de profesor de filología, movió cielo mar y tierra. Hasta que descubrió que no era suya la decisión de ser para la gloria. Que los grandes tenían -y eran- un don, y uno grande. Los libros y su trabajo honesto le ayudaron a ver esto. Y ya en la dulce vejez, fruto de un esforzado trabajo de la más alta potencia humana, se le vió escribir los versos más bellos, ya no a la gloria, sino a su mujer, que una vez muerta, intercedió ante el Sublime por el don para su marido; [ella le acompaño en la vida en su sufrida persecusión del don, y supo -porque le quiso bien-que ese anhelo íntimo no era vanagloria sino constitutivo de su alma]. 

Los poemas más bellos que escribió este viejo profesor, nunca fueron publicados. Fueron exhumados en un delirio de amor, en un arrebato de éxtasis, en el funeral de su señora esposa.

octubre 08, 2011

Paguí



Princesa de pueblo, que recibió todo lo que quiso en la vida, sale del pueblo con dinero de papá para abrirse a la vida, al mundo. Sus inquietudes pueriles, cierta ansia de autenticidad1, y una película que vio en algun momento de su accidentada pre-adolescencia, le llevaron a soñar con París, (íntimamente, pero no ande usted diciéndolo por ahí, también con el amor de su vida, con el amor de su vida en París). Y así como así, un año en Europa estudiando moda. En la ciudad de l'amour, “Paguí”.

La humanidad ha avanzado tanto que ya ni siquiera hace falta una gran educación para convertirse en un bohemio, lo único que hace falta es dinero. El dinero compra ya hasta la experiencia de la vida. Una desdichadada muchachita cuyo padre es más bien de ingresos medianos es incapaz de acceder a las más finas experiencias. Le es privado el nutrir su vida espiritual con el viaje, con la excentricidad, con los absentas en casa de franceses millonarios, con las conversaciones con los amigos artistas de estos millonarios, que pintan sus cuadros con tripas de vaca y se les paga en millares de euros por obra. Los modestos no son capaces de experimentar el vértigo de las drogas de diseño, nunca han ido a la parte 'vi-ai-pí' de una discoteca, hablan solo su idioma y un inglés modesto... “osea, tienen una clase de vida inferior”.

La vida modesta, la escasez de recursos, impide plantearse la pregunta por la libertad, cosa que a princesa de pueblo nunca le fue prohibido. Así fue como la única ilusión que le regaló su infancia tóxica, su formación de embotamiento de los sentidos, le fue arrebatada nada mas conocer al primer príncipe parisino. El desengaño vino habitando sus ojos cuando se bajó del aeropuerto del pueblo. Se supo en el pueblo que tras ese año en Europa, la niña llego cambiada, que había progresado mucho, llego con 'ideas' del extranjero. El pueblo le quedaba chico, el mundo le quedaba chico: no hay dónde esconderse en un mundo en donde no existe el amor. Desde entonces, princesa de pueblo sufre un infierno de maquillajes corridos, resacas dominicales y desengaños; de la soledad, del horror del ser. Una hydra inexistente le devora las entrañas.

1 de substancialidad detrás de la apariencia   

agosto 19, 2011

Madrid, entre el odio y la esperanza


“Quien ha visto la Esperanza, no la olvida. La busca bajo todos los cielos y entre todos los hombres.” Octavio Paz.



Nuestra época está herida en sus núcleos más profundos. Sangra, y su sangría es una cosa extremadamente seria y preocupante, define en parte la identidad de todo hombre de esta época. El hombre del siglo XXI es un hombre que ha nacido en un entorno en crisis, en derrumbamiento.

            El otro día una manifestación de 'laicistas', que en el fondo no son otra cosa que anticristianos, se manifestó por las calles y se cruzo con los peregrinos de la JMJ. Al margen de los hechos, lo que quiero destacar es el odio visceral e irracional de algunos por lo religioso, y en este caso concreto, por lo católico.

            A nadie le gustan las mentiras, los laicistas rabiosos son rabiosos porque consideran que los jóvenes de la JMJ les están mintiendo. Nadie tiene tanta alegría, a nadie le nace ponerse a brincar de alegría así por que sí, y menos en una época de crisis. La alegría de los peregrinos es falsa, es un fenómeno social de euforia, se contagia; (los más flemáticos dirán, que son todos muy jóvenes, no se han dado cuenta de la crisis, de lo que es el mundo). En esta época de crisis no cabe la alegría, tiene que ser una mentira. Por eso indignan sus sonrisitas idiotas y sus cánticos; no tienen idea de lo que es el mundo. Indigna su esperanza, cuando no hay motivos para la esperanza.

            Estoy de acuerdo de que seguramente la alegría de los peregrinos de la Jornada Mundial de la Juventud es un espejismo, propio de la ingenuidad y la juventud... Pero no solo es eso, no solo es eso. Hay algo raro en el ambiente estos días en Madrid,  y estoy seguro que no soy yo el único que lo nota. Estoy seguro que hay jóvenes, hombres, mujeres y niños, que son verdaderamente alegres, íntimamente. Y esa alegría viene del hecho de que tienen esperanza. Eso, es lo que hace chirriar, lo que mueve fibras en el interior de la ‘otra’ España. 

            Pero no pretendo aquí hacer una demostración rigurosa de que lo último que he dicho sea cierto. La esperanza no es una cuestión exclusivamente racional porque no incluye solo el uso de la inteligencia, también exige un uso de la voluntad: para confiar en un futuro mejor, no solo hace falta verlo posible (también es indispensable) sino que hay que quererlo hacer, hay que querer realizar ese posible. Por estos motivos, la discusión sobre si existe la esperanza o no está completamente fuera de lugar, es una cuestión de ver o no ver, de querer o no querer. Sí o no, pero no se discute. 

            Los motivos de la esperanza no pueden ser circunstanciales, uno no puede tener esperanza en el mercado, o en el gobierno, o en el “sistema democrático”. Se tiene esperanza en hombres, en personas concretas, vivas, efectivas, operativas y reales. Se puede tener esperanza en un presidente, en un jugador de fútbol, pero nunca en algo abstracto e inefectivo, eso sería caer en una ideología. 

            La acusación que se hace desde los sectores más 'intelectuales' a la religión católica es que el catolicismo es una ideología mezquina, que embauca a ingenuos… se piensa que los católicos tienen una esperanza abstracta en algo que no existe, que se juega con esa necesidad de identidad de las personas, de destino y de futuro, de expectativas, y se hace con ellas lo que se quiere.

Estimado lector, si existe y me ha seguido hasta aquí superando sus prejuicios, le pido que de un paso más. Honestamente creo que en estos días se puede casi palpar en Madrid algo más que ingenuidad. Por eso invito a salir a la calle, a cruzarse con algún peregrino que cautive con la mirada, e intentar pillarlo en su ingenuidad. Intente destrozar su ilusión, si su alegría era falsa, correrá, pero si no, se quedará y quizá uno pueda ver el motivo de la esperanza de esta juventud del Papa.

julio 16, 2011

Hombre

Podrías ser un solapamiento de carne y huesos. Saliva, hormonas y fluidos. Una yuxtaposición abigarrada de microorganismos. Y la exuberancia de la vida daría asco. Serías para mí un extraño.
               
Pero puede que seas luz; desvelación. Puede que seas la savia dorada que se manifiesta en tus ojos y en tu tono de voz. En estas letras. 

marzo 03, 2011

El vendedor frustrado


“Si su diario vivir le parece pobre, no lo culpe a él. Acúsese a sí mismo de no ser bastante poeta para lograr descubrir y atraerse sus riquezas. Pues, para un espíritu creador, no hay pobreza.” 
Rilke

Si se pude decir que el hombre es a veces contradictorio, esto mismo se puede decir con toda razón de Elías. El pobre tenía una consciencia moral tan fuerte que lo oprimía hasta asfixiarlo, lo encadenaba. El drama de toda su vida fue tener al mismo tiempo que sus cadenas morales, un "alma de poeta". No se podía conformar, no, él lo sabía bien, no era de los que podían conformarse con un simpático puesto en una fábrica de coches; o con un maletín pintoresco y un: “¡Buenos días señora! Vengo a ofrecerle ésta nueva escoba…”; lo supo desde pequeño, su vida tenía que ser grandiosa, o no podría ser en absoluto ¡Cómo odiaba a veces su carácter!, ¡cómo se desesperaba consigo mismo! Por eso terminó por negar un lado, el más incómodo, y desde entonces no se preocupó más y se dedicó a ser poeta.

Era un tipo listo, y lo sabía. Sin embargo no lo suficientemente listo como para saber que los genios no existen. Inocente se sintió único, incomprendido, genial, destinado a una vida bohemia de arrebatos y grandezas esporádicas. Se convirtió en el héroe romántico de París con su boinita y sus cafés agnósticos. Y conoció a un hombre que le resolvió la vida con tal de que, de vez en cuando, dijera un par de mentiras.

Pero un día se enamoró.

Y entonces ni las fábricas, ni las escobas, ni siquiera la idea de tener un jefe le parecieron tan malas. Y se volvió vulnerable, y se enteró de la vida real. Y un buen día, con los restos del apasionado romanticismo que le quedaban aún, sintió unas ganas tremendas de arrodillarse delante del hombre que le atendía en el banco, y pedirle perdón. Y besarle los pies. Y dejar la política. Pero era muy tarde, no servía ni para vender escobas.

marzo 01, 2011

Desventajas de la eficiencia


Con tan sólo diecisiete años, Jacobo era ya la persona más pragmática que habían parido las épocas. Decidió, en un golpe de luz, adelantar el resultado al que se supo encaminado desde siempre.
              
Sus padres lo encontraron colgado con pulcritud en la mitad de su habitación. Sus pertenencias personales estaban cuidadosamente guardadas al lado de una carta. En ella se explicaba meticulosamente porque era más ventajoso para la especie y la sociedad, que él, apenas en los albores de la edad reproductiva, cesara de existir. Los motivos no los expondremos porque la carta nunca se encontró. Aunque hay diversas teorías de diversos estudiosos, la que más convence a este humilde escritor de micro relatos es la que dice que su padre, en un arranque de impotencia, destruyó la carta. Pero eso nunca lo sabremos.

diciembre 30, 2010

Día II: Escribir mal

Escribir las cosas sin intermediación de esquemas es un actividad muy inocente, casi infantil. Se parece a rayar las paredes de la casa cuando uno es niño, o a tapizar de huevo la pared de alguna empresa invencible. Cuando empecé a escribir, lo hice de esta manera. De corrido y sin parar, sin refrenar ocurrencias, sin cuidar los puntos, sin revisar la ortografía. En realidad disfrutaba como simio pasar horas escribiendo mal, contando historias o garabateando ideas. Incluso había días en los que bajaba tarde a cenar (en la adolescencia mi apetito natural se exponenció varias cifras). En aquella época, en la que el mundo parece más comestible, pensaba que sería sencillísimo dedicarme a escribir: La cosa se me daba bien y casi nadie se dedicaba a eso, sólo unos pocos locos.

Crecer es doloroso, casi me atrevería a decir que en cierto sentido es traumático. Cuando entré en la dinámica del mundo profesional me dí cuenta de que la vida no era tan sencilla como parecía. Era imposible ya aspirar a un escritorio de caoba negra y una paga por escribir durante horas. Cuando se me obligó, porque en esa época yo no me preocupaba por mi futuro, a elegir carrera profesional, no encontré ninguna que se llamara “Licenciado en escribir mal”. Entonces me comporté como correspondía a mi edad: caprichosamente. Dejé de pensar seriamente a que me quería dedicar porque lo que quería era imposible.

No es el caso que cuente aquí como volví a mi intención inicial de dedicarme a leer y a escribir. Lo que sí se puede decir es que con la vuelta llegó la madurez a mi propósito. No bastaba ya escribir tonterías tal cual salieran de la cabeza. Hacía falta madurar la idea, ordenarla, hacer un esquema con hoja y papel al lado y luego, después de un cuidadoso trabajo de premeditación: escribir. Es como pensar antes de hablar, como saber a dónde vas antes de empezar a caminar. En periodismo me enseñaron el valor y la importancia que tiene esto para la comunicación. La claridad es fundamental. Premisas conclusión, enunciados cortos, ortografía imprescindible, emisor receptor, lenguaje sencillo. La poésía, los malabares, la magia sí se quiere llamarle así, es para hacerla después. Cuando uno ya alcanzó la fama. Primero hay que ganarse el prestigio. Empecé a preocuparme por escribir así y entré en un ciclo. Mi habitación se lleno de notas en la pared, mi cabeza se lleno de ideas, proyecté tres o cuatro libros, pero no escribí nada. El único cuento que escribí en esa época es lamentable. Por eso decidí que los proyectos los haría cuando ya supiera escribir, las ideas las escribiría cuando ya contará con la técninca correcta, ¡había tanto que leer antes!, ¡tantos clásicos desconocidos, tantos contemporános que escriben tan musicalmente! Y yo un pobre chiquillo que se ilusionó alguna vez. Empezé a pensar que escribir como lo hacía era una falta de respeto. Una niñería. Hablar es en cierto sentido degradar las ideas. Mejor era callar, dejar de rallar paredes.

Es verdad que el pensamiento debe siempre guiar a las palabras, no tiene sentido alguno lo inverso. Sin embargo no somos sólo espíritu. Necesitamos esa materia, esa tinta en el papel, ese sonido en la voz: somos de carne y hueso. No se puede vivir sólo pensando, hay que hablar, hay que contarlo. Cuando uno comienza a preocuparse excesivamente por la fomra de lo que se dice, cuando atiende en exceso al modo decir más que al contenido, irónicamente uno empieza a volverse malo para escribir. Creo que para escribir bien es imprescindible escribir mal. Es necesario que uno disfrute como niño al hacerlo, que se envuelva y se olvide de su alrededor. Es imposible escribir bien sin recuperar la inocencia de los primeros textos. Hay que despreocuparse, ser muy desvergonzado. Hay que sentirse artista aunque no se este escribiendo nada artístico. Estoy firmemente convencido de que cuando uno disfruta escribiendo, los lectores disfrutan leyendo. Por lo menos en mi caso, quizá por cuestiones de carácter, es importante restar seriedad a la hora de narrar. De otro modo me es imposible, me aburro, y aburriré al valiente que me lea. 

Puedo decir que he madurado, ya no pretendo que se me pagué por escribir mal. Pero he madurado aún más al darme cuenta de que no se escribe con fines prácticos, para ganar premios, dinero, o fama. He aprendido que hacer esto quita todo el valor artístico a la obra. He dado un paso más al darme cuenta de que no importa escribir bien, no me importa que algún critico sesudo diga que mi texto es arte. He aprendido que el arte que escribo (y lo digo con descaro infantil) es para mí y para mis amigos. Escribir bien para mí es una estupidez, porque en el fondo, escribir es sólo un juego de niños.

Día I: Sobre la realidad y lo horrible

Últimamente he pensado que a veces vivir en la realidad parece una locura, ¿a quién le gusta darse cuenta de los defectos? ¿Quién es aficionado a contemplar el horror? El soslayo es una actitud comprensible cuando las cosas no son nada bonitas. Por eso nuestra época es de escapes, mientras más nos volvemos conscientes de la realidad más nos damos cuenta de cosas que no quisiéramos saber, y esto muchas veces asusta, ¿para que continuar?, ¿No es lo más incomido del mundo enterarse de toda la porquería del mundo?  Lo horroroso es ante lo que se vuelve la cara.

Relativizar es el verbo para nuestra época de comodidades: la ausencia de certeza que marca nuestra época se disuelve en la conducta general (o por lo menos así parece). Entonces es cuando pensar resulta pesado, casi una carga. Pensar implica de manera inmediata generar juicios, “esto está bien o mal”, en el fondo el dormir, el quedarse en la caverna es un modo de escapar del mal. Lo más cómodo parece sumirse en el sueño, olvidarse. En la inconsciencia nunca hay malicia. Hay hechos, sin embargo, que son demasiado escandalosos como para dejarnos dormir. Ponchis, el niño narco, por ejemplo, no permite que nadie se quede en el sueño. Hay hechos tan horribles qu no podemos negar que son verdaderamente horribles. Es entonces cuando el gusanito que tenemos todos por defecto, ese que impulsa a las luchas imposibles nos recuerda que puede que, así como existe lo verdaderamente horrible exista lo verdaderamente bello. Y se da uno cuenta de que por cobardía y quizá también por un poco de comodidad, puede estarselo perdiendo. 

Yo me he dado cuenta de esto en mi ciudad natal, donde el narcotráfico comienza a infiltrarse en la vida cotidiana de las personas. Lo verdaderamente horrible comienza a convertirse en cotidianamente horrible. Me preocupa que se nos va de las manos incluso eso. La consciencia de lo extraordinario. Entonces lo verdaderamente horrible comienza a perder peso y ya no parece verdadero si no relativo. Algo puede parecernos horrible a nosotros, pero en verdad no es ni bueno ni malo. Todo esto desaparece obviamente cuando lo que sólo parecía horrible asesina a una persona cercana, entonces la apariencia influye efectivamente en la realidad y nos damos cuenta de que en verdad es horrible.

Por estos motivos, es una responsabilidad seria para todos los ciudadanos de esta región rechazar cualquier forma de autoengaño. Es imprescindible si queremos que se salve esta sociedad que cada uno siga su propia consciencia de manera intachable. Sí es verdad que necesitamos mejores policías, pero necesitamos aún más policías justos y auténticos, y políticos, y jueces…  Pero la única manera de exigir esto es empezando por uno mismo. Nuestra sociedad tiene que cambiar desde dentro, sólo con una revolución de este tipo se puede hacer frente a un problema como el que enfrentamos. Sin esto, todo lo que se haga 
materialmente es irrelevante.


Sobre los ensayos de estos días

Hace diez días que llegué a mi casa, casi un mes desde que no escribo y casi tres desde que no lo hago por gusto. Siento que me voy agarrotando, entumeciendo. A los libros los traigo muy olvidados,  no he leído nada desde que terminé el Quijote (y tuve que leerlo por obligación para una clase). Es decir: estoy dormido. Me siento lejos de mí. Siempre incapaz de llegar a la palabra que necesito o de articular un buen consejo. Cierto sopor intelectual me invade lentamente. Es decir,Cada vez soy mejor para el Fifa 2011.  

Como no quiero que esto ocurra me he propuesto escribir un ensayo todos los días. He de pedir disculpas pero en mi desesperada situación muchas veces escribiré de corrido y dejaré implícitas cosas, no es pereza ni incapacidad, es capricho. Lo que representan estos ensayos son un berrinche: me niego a dejar pasar otras vacaciones sin haber escrito nada. Obviamente la ortografía queda fuera del horizonte de mi interés (así escribir se vuelve increíblemente aburrido), aún así las correcciones son perfectamente recibidas.  

noviembre 26, 2010

Fragmento

Estaba el pobre escritor sentado delante del monitor. Intentaba escribir un buen microrelato: no lo conseguía.

octubre 29, 2010

La tragedia de la belleza inasequible

“Yo soy aquel para quién están guardados los peligros, las grandes hazañas, los valerosos hechos” (I,20)


Al aproximarse a la novela de Cervantes uno encuentra una veta inagotable de inspiración, se siente  como un niño que va por primera vez a un zoológico, o como la primera vez que entiende porqué los hombres se han admirado siempre del cielo estrellado. La mayor dificultad que encuentra uno al intentar expresar esa maraña de ideas cervantinas es no abarcarlo todo. Se siente la necesidad de poner al lector delante de la belleza que irradian las gestas del Caballero de la Triste Figura, pero como resulta imposible hacer esto, se vuelve entonces imposible deshacerse de cierto sentimiento de profanación. Quizá lo más difícil al hablar de la novela de Cervantes es centrarse en uno solo de sus aspectos,  habría que tomar la maraña cervantina y desmenuzarla, recortar y pegar trozos de aquel “rastrillado, torcido y aspado hilo”[1] e intentar mostrar un aspecto nítido de toda la realidad que en realidad muestra el Quijote. 
Precisamente esto es lo que intento hacer con este texto. Me conformo con mostrar el aspecto que me resultó más inspirador de todos los de la novela. Ante todo pretendo apuntar con mi acotación a uno de los lugares donde se encuentra la belleza en este libro; me gustaría ofrecer un nuevo punto de vista desde el que acercarse a la obra, de manera que, antes de entrar en contacto con ella, no se tuviera la imagen preconcebida de unos protagonistas desagradables, más bien, me gustaría que se viera en Don Quijote una fuente de inspiración, que se tome consciencia de su complejidad nostálgica, del drama humano que encarnan el manchego y su escudero.
Sin lugar a dudas la filosofía puede resultar en ocasiones tediosa, aún peor, dirían algunos, “abstracta”. Temo decir, quizá con demasiada franqueza, que esta acotación del Quijote tiene mucho de filosófica, pero quisiera apresurarme a decir también que no pretende ser una filosofía erudita, de razonamientos estrictos y palabras insólitas; más bien la filosofía que se pretende aquí busca ser balbuceante, una filosofía que nace de la admiración e intenta señalar aquello que la despertó. A la realidad no le hace falta demostrarla, porque ya está donde está, más bien hay que mostrarla intentando confundir las cosas lo menos posible. El mejor modo de hacer esto, según mi parecer, es a través de la magnanimidad. En nuestra época la magnanimidad es una realidad que resulta extraña por su escasez, pero pienso que es una de las virtudes más bellas que se pueden desarrollar en esta vida. También pienso que El Quijote es el libro en donde mejor aparece plasmada. Por eso, en pocas palabras, quisiera hacer una extracción de la novela y mostrar qué es la magnanimidad.
Cuando las palabras no van acompañadas de acciones reales y concretas estas se vuelven vacías. Podría empezar aquí citando directamente a algún ilustre filósofo para que me ayudase a disertar con elocuencia sobre la magnanimidad, pero, ¿de qué serviría esto si no se ve qué es la magnanimidad? Quizá resulte mejor esbozar un perfil. Imaginemos un hombre que se sabe nacido para cosas grandes, y que se fuerza a sí mismo a ser valiente, a no detenerse en lo que los demás juzgan imposible. Imaginémoslo esforzándose mirando hacia el futuro mientras los demás lo injurian. Le llamarán soberbio, soñador, y en muchas ocasiones, loco. Podría ser perfectamente un joven de veintiún años que estudia como dirigir ejércitos, o un hijo de campesino que intenta ir a alguna universidad prestigiosa. Hablo de esa gente que se reúne en bares para discutir cómo cambiar el mundo, esa gente que proyecta revoluciones y organiza conferencias y que vive siempre por encima de sus posibilidades. Para hacerlo más sencillo, concretemos un poco más el boceto: Alejandro Magno.
Cualquier persona que haya leído una biografía suya no puede sino admirarse de la grandeza de su vida, él solo conquistó todo el mundo conocido en su época. Pero no es la magnitud de sus conquistas lo que lo hizo grande, sino el modo en el que lo hizo, la manera de tratar a sus enemigos y su actitud ante las victorias. Toda su vida, y espero que poco a poco se vaya entendiendo intuitivamente, estuvo impregnada de magnanimidad. La grandeza de Alejandro está sin duda en deuda con su maestro Aristóteles. Muchas veces se habla de esta relación entre el Estagirita y el Magno pero pocas se profundiza en ella. Posiblemente una de las más grandes lecciones que dio Aristóteles al joven Alejandro fue la lección sobre las virtudes, de modo que quizá convenga escuchar un poco al maestro: En “Ética a Nicómaco”, Aristóteles describe brevemente en que consiste la virtud tratada: “La magnanimidad, incluso por el nombre, parece que tiene que ver con cosas grandes”[2]. Una persona que no realiza cosas grandes no se adhiere a lo que buscamos. Porque “es magnánimo el que se considera a sí mismo merecedor de grandes cosas, siéndolo”[3]. Llegados a este punto, no podemos retrasar más el momento de volver la mirada hacia don Quijote. Sin lugar a dudas, el Caballero de la Triste Figura es un personaje que aspira a los más altos honores, como se pone de manifiesto en el capítulo XX, en el que don Quijote confiesa a Sancho la magnitud de sus ideales:
“Sancho amigo, has de saber que yo nací por querer del cielo en esta nuestra edad de hierro para resucitar en ella la de oro(…) Yo soy aquel para quién están guardados los peligros, las grandes hazañas, los valerosos hechos. Yo soy, digo otra vez, quien ha de resucitar los de la tabla redonda…”[4]
Y este no es el único ejemplo de altas aspiraciones en el héroe manchego. Toda la obra de Cervantes, como bien fácil es comprobar, se encuentra provista de numerosas ocasiones en las que se desvelan las grandes metas del hidalgo. Frases como: “sábete, amigo Sancho-respondió don Quijote- que la vida de los caballeros andantes está sujeta a mil peligros y desventuras, y ni mas ni menos está en potencia propincua de ser los caballeros andantes reyes y emperadores”[5].  El cuadro que pintábamos, sin embargo, ha quedado un poco descompensado, porque ¿Qué tienen en común Alejandro Magno y don Quijote? Las victorias no, porque mientras que Alejandro derrotó a los persas, el Hidalgo derrotó a unas cuantas ovejas y unos odres de vino. ¿En qué consistirá pues la similitud? Consultemos otra vez al sabio maestro de Alejandro para ver si nos saca del apuro. “Es magnánimo el que se considera a sí mismo merecedor de grandes cosas, siéndolo.”[6] Habría que hacer hincapié aquí en el contraste entre Alejandro y don Quijote en el “siéndolo”.  Quizá la diferencia entre ambos radica en esto, en que uno merecía apuntar a lo alto y el otro no. Si atendemos al contexto social de ambos,  es fácil darse cuenta de la diferencia que existe entre los dos personajes: uno es hijo del rey, llamado desde la cuna a gobernar, el otro es un pobre hidalgo “de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. –Que come normalmente- una olla de algo más vaca que carnero, y salpicón las más noches”[7]. En efecto la descripción que hace Cervantes del Hidalgo no permite pensar que el Quijote viviera en la opulencia, muy al contrario, la clase de la hidalguía era en esa época una de las más perjudicadas y pobres por los cambios que se estaban dando en aquella época.  Así lo dice Javier Salazar:
“Al disolverse, en el inicio de la Edad Moderna, las mesnadas nobiliarias, y ser substituidas por un ejército profesional y permanente, sujeto a la autoridad del rey, la nobleza, que formaba parte del grueso de las huestes medievales, pierde la más importante de sus funciones tradicionales y una de las razones con las que se justificaba su poder (…) La concentración de la propiedad territorial en manos en manos de los grandes y caballeros, o de los burgueses y letrados de la ciudad, acabó de arruinar a estos nobles de medio pelo, incapaces de hacer frente con sus reducidos recursos a la subida vertiginosa de los precios y a los nuevos criterios de explotación y arrendamiento del suelo”[8]
¿Podría ser entonces que el Caballero de la Triste Figura lo fuera porque no había nacido para apuntar a lo alto? Si esto fuera así, don Quijote no sería un personaje magnánimo sino solamente un loco: “pues aquel que lo hace—aspirar a cosas grandes— sin merecerlo es tonto”[9] .
¿En qué consiste merecer aspirar a la grandeza?, ¿sólo un noble puede aspirar a lo más alto?, ¿no es verdad que los más grandes hombres han llegado a serlo, no por su noble cuna, sino por su vida cargada de sacrificios?, ¿está la grandeza reservada sólo para los nobles y ricos? Si afirmáramos que en efecto hay que tener, al menos, uno de esos dos requisitos, se levantaría de inmediato ante nosotros el testimonio de todos los grandes hombres cuyas vidas, sin opulencia ni pureza de sangre, brillan en la historia por su densidad vital. No hace falta argumentar mucho para desmentir este error, y menos en nuestra época, pues es claro que la alta cuna y la riqueza no hacen más hombre a nadie, sino que al contrario, lo que verdaderamente hace grande y admiramos son las acciones que los hombres realizan sin importar su condición social. ¿En qué radica entonces ese merecer aspirar a lo alto? La pregunta termina por apuntar a donde se buscaba desde el principio. Todo hombre merece, en cuanto hombre, apuntar a lo infinito y tan es así que este rasgo es lo que nos caracteriza profundamente como humanos, nos define y da sentido a nuestro modo de ser.
Aspirar al infinito, tener una pregunta eterna, es la impronta que todos llevan, desde que el hombre es hombre, en las profundidades de su intimidad. La historia de los hombres se entiende como el peregrinar de una especie insatisfecha, a los animales les basta con una comida al día y ocasionales amoríos, pero al hombre no, siempre le queda ese dejo de insatisfacción los domingos por la mañana. Esa sensación constante de una fiesta que termina, que todo termina mientras él permanece. Y esto es tan común a todos los seres humanos que cuando alguien vive conforme a su ambición de “para siempre” es íntimamente admirado y cuando la oculta es aborrecido. Así se entienden las palabras de Unamuno: “Y en cuanto a hoy, todos esos miserables están muy satisfechos porque hoy existen, y con existir les basta. La existencia, la pura y nuda existencia llena su alma toda. No sienten que haya más que existir. Pero, ¿existen? ¿Existen en verdad? Yo creo que no; pues si existieran, si existieran de verdad, sufrirían de existir y no se contentarían con ello. Si real y verdaderamente existieran en el tiempo y el espacio, sufrirían de no ser en lo eterno y lo infinito”[10].
Parece que en los hombres su vida es más que vida del cuerpo, porque ¿acaso no es verdad que cuando están satisfechas todas las necesidades materiales aparecen las espirituales?[11] Siempre y por alguna extraña razón no nos basta con estar sencillamente vivos, siempre estamos buscando más, queremos vivir, con consistencia, incluso con intensidad. En este sentido todos los hombres portadores de la magnanimidad y no sólo eso, sino que, si quieren responder al modo propio de ser del hombre, han de intentar alcanzar lo auténtico sin escatimar en gastos. Sólo así es el hombre un hombre verdadero y sólo así es capaz de conocerse y comprenderse. Por estos motivos nuestro amado Caballero de la Triste Figura queda excusado en cierto modo en sus aspiraciones, y no merece ser tachado de loco si no de cuerdo y los demás personajes habrán de ser tachados de locos si no son magnánimos.
La incesante aspiración del hombre a lo inalcanzable es una realidad conmovedora, se ve tanto en la historia personal de un individuo como en la historia universal de la humanidad. Por eso es la magnificencia una de las cosas más bellas y nobles que hay, porque manifiesta la esencia de la humanidad. Es cuando vemos a un hombre intentar lo imposible cuando más conocemos al hombre. En el fondo, todos admiramos a un magnánimo cuando lo conocemos, nos parece una cosa en extremo bella, porque nos sabemos llamados también a ello. No es el hombre un ser hecho para arrastrarse por el suelo sino para andar erguido, para levantar la vista y gobernar, y ser superior, y nunca estar satisfecho. A rastras uno no puede buscar nada más que roedores, piedras y deshechos. Las cosas más importantes están siempre arriba, a donde solo los hombres verdaderos se atreven a mirar. Por esto mismo la belleza de nuestra condición humana nos hace sufrir aún más nuestras carencias. Pues es verdad que aunque somos capaces de mirar a lo más alto, la mayoría de las veces somos incapaces de alcanzarlo ¿Acaso la sangre del caballero manchego no es real? ¿No es verdad que fracasa una y otra vez? En efecto don Quijote es un personaje que tiene las más altas aspiraciones, pero también, como hombre que es, siente el miedo, el hambre, el frió y los palos. En el capítulo veintidós don Quijote decide liberar a unos condenados; después de volar alto y disertar sobre la justicia y la misericordia recibe la siguiente recompensa: “No se pudo escudar tan bien don Quijote que no le acertasen no sé cuantos guijarros en el cuerpo, con tanta fuerza, que dieron con él en el suelo; y, apenas hubo caído, cuando fue sobre él el estudiante y le quito la bacía de la cabeza, y diole con ella tres o cuatro golpes en las espaldas y otros tantos en la tierra, con la que la hizo pedazos…”[12]
El hombre aparece en la novela de Cervantes como lo que es, un ser contradictorio, lleno de contrastes, capaz de los más grandes actos, y las más grandes aspiraciones, como de las peores vilezas y de los actos más mezquinos. Cervantes lo pone en boca de Sancho : “¿Tan nueva sois en el mundo que no lo sabéis vos?—respondió Sancho Panza. —Pues sabed, hermana mía, que caballero aventurero es una cosa que en dos palabras se ve apaleado y emperador. Hoy está la más desdichada criatura del mundo y la más menesterosa y mañana tendría dos o tres coronas de reinos que dar a su escudero.”[13] Ir a tales profundidades del corazón humano implica siempre un riesgo: la desesperanza. ¿Cómo puede un ser como el hombre alcanzar lo infinito?, ¿no será acaso como dice Feuerbach que la vida eterna es sólo una ilusión para curar nuestra herida más íntima? Por eso hay quienes no se atreven a mirar nunca y niegan su condición de hombres. Huyen de la pregunta que les apremia desde que son capaces de entender el punto crítico en el camino: la muerte. Es precisamente esta gente la que llamará loco a don Quijote, porque en realidad lo que hace el de la Triste Figura es mostrarles aquello de lo que andan huyendo. Se manifiesta así a través de la magnificencia la naturaleza íntima de la humanidad.
El oráculo de Delfos tenía inscrito “conócete a ti mismo” y es en el fondo lo que todos andamos buscando cuando el día termina y se apaga la luz de habitación. La pregunta por nuestra identidad está íntimamente unida con nuestro destino tras la muerte, pero es tan espesa que nos asusta, es demasiada luz para un ser acostumbrado a las cavernas. Por eso preferimos negar quienes somos y andar por la vida de un modo ligero y agradable, con el paso del tiempo la inquietud se va a apagando (o nos acostumbramos a ella) hasta que nos volvemos unos seres mezquinos y apocados. La gente va por la vida con una tristeza, con una nostalgia sutil en el alma que en el fondo no quiere ver pero que le atormenta. Por eso libros como el de Cervantes ayudan al hombre a despertarse de la vigilia de la razón, funcionan como un espejo donde el hombre puede verse tal cual es. Este contraste de carne y espíritu, este claroscuro humano es el punto desde el cual el hombre ha de plantearse su vida y buscar a tientas la solución a su problema. Es de sentido común enfrentarse a los problemas porque tarde o temprano reventarán en la cara, y es igual de lógico enfrentarse primero al más importante de ellos. Son libros como el Quijote los que hacen recapacitar a los hombres y los hacen vivir conforme a su condición.
Es por estos motivos que resulte casi sublime el nombre que Cervantes puso a su héroe: el Caballero de la Triste Figura. Porque a todo el mundo le recuerda a sí mismo. Todos somos en el fondo, o por lo menos nos gustaría ser caballeros de tristes figuras, abnegados, despegados de todo lo que no sea eso que colme nuestras ansias de ser. Pero a la vez nos reconocemos como muy poco capaces para dar la talla, para vivir profundamente como humanos. Por eso el Quijote es en cierto sentido una tragedia, la tragedia de la belleza inasequible, esa que todos compartimos y que en cierto sentido queremos y necesitamos que nos muestren Por eso resultan tan nostálgicos los últimos capítulos del Quijote cuando está en Barcelona y se enfrenta a la verdadera realidad y falla. Y se les coge cariño al Hidalgo y a su escudero por esto mismo, y por eso enternece verle derrotado y casi hace saltar las lágrimas cuando acepta de buena gana la muerte por no renunciar a su Dulcinea. Y por eso uno no puede verlo triste y melancólico de regreso a casa, ni puede verle como Sancho afirmar su cordura, y no puede presenciar su derrota sin conmoverse en lo más hondo porque el fracaso es de las cosas más humanas que existen. Pero tampoco se puede evitar aterrorizarse, porque es verdad que fuimos hechos para perseguir estrellas y hay quienes no quieren saberlo porque perseguirlas es incómodo. Y tampoco se puede evitar soslayar la posibilidad de que por andar en gestas uno corra la misma suerte que el pobre Alonso Quijano. Aspirar es una de las actividades más reales y bulliciosas que existen.


[1] I, 27
[2] EN, IV, 1123b
[3] EN, IV, 1123b
[4] I, 20
[5] I, 15
[6] EN, IV, 1123b
[7] I, 1
[8] Salazar Rincón J. (1986). El mundo social del Quijote. Madrid: Gredos
[9] EN, IV, 1123b
[10] de Unamuno M. (1904). Vida de don Quijote y Sancho. Madrid: Cátedra
[11] Esto ha sido puesto de manifiesto de modo muy plástico por un teórico de la economía, Abraham Maslow, mediante una estructuración piramidal de las necesidades humanas.
[12] I, 22
[13] I, 16

septiembre 14, 2010

La novela que nunca escribiré

El hombre, como bien es sabido, es paradójico. Es verdad, por un lado, que el ser humano tiene algo de inmutable, dorado, digno de sobrevivir la muerte y digno de asombro. Pero también es verdad, por el otro, que esa inmutabilidad está íntimamente mezclada con la carne y los huesos. Por eso quizá durante los periodos de cambios drásticos es casi imposible detenerse a mirar la propia historia con una visión más amplia. Quizá es el cerebro, hecho de materia al fin, el que impide hilar los pensamientos del alma. El caso es que desde hace tiempo llevo experimentando cambios que me han impedido sentarme a escribir y francamente estoy cansado de eso. No todo, sin embargo es tragedia, al contrario, todo el tiempo que llevo sin escribir me ha servido para autocriticarme. Me ha servido, por lo menos, para encontrar la novela que nunca escribiré.

En realidad, creo que todo este tiempo en el que no he escrito he tenido ganas de escribir porque hacerlo es algo profundamente personal. Haberme privado involuntariamente de esta afición me ha hecho darme cuenta que la escritura, más que un acceso a la fama, o la salvadora de la humanidad es una actividad noble en sí misma. Como una artesanía.

Recuerdo con claridad el tiempo muerto de estos meses en los que acariciaba la idea de escribir. Escribir despacio, con cariño, sin ánimos de sorprender a nadie. Por amor al arte y a la realidad. Solo entonces me di cuenta de lo fácil que puede ser desviarse de esta gloriosa concepción bucólica de la escritura. A pesar de todo, escribir también puede rodearse de glamour, incluso uno puede terminar intentando ganar concursos de cuento. He decidido renunciar a eso de una vez por todas. He decidido volver al campo, y olvidarme del mundo de lo mundano.. Estaré contento de ahora en adelante con el simple hecho de escribir.
Para cualquier escritor que haya leído a Dostoievski o a Cervantes es una verdadera carga escribir. Cuando a uno le llegan a la médula los libros de los gigantes sabe que no es urgente escribir otro gran clásico. Entonces es cuando a uno le entra la insatisfacción constante. Quisiera escribir uno la novela que fuera el golpe de luz definitivo. Quisiera uno encarnar la esperanza o la miseria, o ambas; o el amor. Esta sana ambición no está mal, el problema es que uno está tan obsesionado con el final del paseo que olvida disfrutar el paseo. Se llena entonces la mesa de ideas no escritas, de proyectos ahorrados. Uno se queda parado porque todavía no sabe bailar como los grandes. Se da cuenta de que todo lo que ha estado haciendo son movimientos torpes, niñerías. Y da vergüenza escribir. Y da vergüenza todo lo escrito. Y se cae en una inactividad producto de una soberbia aún más sutil.

Es solo hasta que se extraña con toda la piel escribir. Cuando se vuelve casi una necesidad fisiológica hablarle al papel cuando uno revalora la escritura. Se perfectamente que no soy el mejor, y quizá nunca lo seré, pero por Dios como disfruto cada palabra, cada punto, cada enunciado que plasmo. Intentar escribir seriamente es un viaje serio, pero ello no implica dejar de disfrutar en el camino.
Por favor no me malinterprete, no pretendo ser un gran escritor, es solo que disfruto como niño intentándolo.

mayo 10, 2010

Los olvidados

Violentado, Federico se despidió de la recepcionista con una sonrisa ajena. El sonido de sus zapatillas al rozar el mármol, el olor a formoles, los abuelos bondadosos y los niños con anginas, suscitaban en Federico cierta noción de higiene y decoro. Él se sabía ajeno a todo esto. No era ya una persona respetable, digna de participar en la dinámica de la gente correcta. No quiso mirar aquel niño que jugaba con su padre a la salida del hospital, le dio miedo mancharlo. Abstraído, desplegó el papelito amarillento y arrugado que llevaba en el bolsillo. Volvió a leer incrédulo la palabra maldita: ‘seropositivo’. Había entrado a aquel hospital para donar vida, salió convencido de que su vida no podía entregársela a nadie. Su sangre estaba infectada.

Predicar que el sida es un castigo de la Divinidad es grotesco: no es verdad. Federico, por ser un hombre culturalmente religioso, admitió en su intimidad tal pensamiento. Pensó que Dios se había vengado de sus infidelidades, que de alguna manera, por intervención divina, quedó manchado a pesar de haber usado el protector de plástico infalible en cada uno de sus encuentros amorosos.

Despreciado por Dios, murió sin consuelo.

Dos días después de su verdadera muerte su cuerpo dejo de funcionar. Lo transportaron en un féretro muy elegante y grande. Era un día lluvioso y frío. Más que solemne el funeral fue penoso. La clase alta hizo de la escandalosa muerte de Federico un evento social. Las mujeres escogieron cuidadosamente sus zapatos para asistir al funeral y los hombres las acompañaron como las acompañan los domingos al cine.

Al día siguiente en su despacho don Federico estuvo a punto de sentir compasión por su hijo mayor. Había contemplado todo sin, aparentemente, inmutarse. Sin embargo estaba demasiado aferrado a su metal brillante como para dejar de vender plásticos infalibles. Encontró una manera de engañarse. Eso sí, desde ese día, evitaba a toda costa encarar la cifra maldita. No quería que por ningún motivo le recordaran ese 10 por ciento destinado a sacrificarse por el bien de la empresa. Ese 10 por ciento al que el plástico no le será milagroso, y que quizá muera igual que su hijo Federico.

abril 14, 2010

Bien, Felicidad y Filosofía (las tres con mayúscula)

Para mi amigo Gabriel

Una vida no reflexionada no merece la pena ser vivida (Sócrates)

¿Qué es el Bien? Es evidente que todos los hombres desean ser felices. Todos buscamos la felicidad así como todos buscamos el bien. La felicidad es para nosotros no un bien cualquiera sino el Bien. Si se nos diera a elegir entre dos bienes, y uno de ellos fuera la felicidad, sin duda elegiríamos la felicidad, aunque la segunda opción fueran tres billones de pesos o casarse con una Bar Rafaeli. Evidentemente todos queremos elegir la felicidad, la verdadera pregunta es ¿Qué es la felicidad?

Es imposible responder a esta pregunta como se responde a una pregunta cualquiera. El bien que nos traemos entre manos aquí es demasiado solemne para ser abarcado en unas pocas palabras. No es la misma alegría la que da un gol del santos, o unos tacos ocampo que la que da el nacimiento de un hijo. Mientras mejor es el bien que alcanzamos menos nos alcanzan las palabras para expresarlo. Además para responder a esta pregunta hay que tener en cuenta que mientras más elevado es un bien más calidad humana necesitamos para apreciarlo. Un ladrón es incapaz de apreciar el bien de la justicia, un mentiroso el de la verdad, un depravado el de la inocencia. Un mezquino el de la valentía… y la lista puede seguir. Mientras más humanos somos más capaces somos de reconocer el bien real, mientras más animales, más incapaces.

Pero, ¿que hacemos? Si no podemos dilucidar en que consiste la felicidad, ¿como podemos ser felices? Si hemos dicho que la felicidad es el Bien Último, entonces lo que tenemos que hacer es conquistar poco a poco, y de menos a más, el Bien último. La conquista de la felicidad no es un acto aislado y sencillo sino que es una búsqueda, una travesía llena de esfuerzos: las mejores cosas de la vida cuestan (si la vida te está resultando sencilla a tus 21 años es que vas por mal camino). La comodidad no es sinónimo de felicidad ¿Cuántas veces nos hemos sentido infelices en una cama perfectamente blanda un domingo por la mañana? ¿Cuántas veces nos hemos sentido pletóricos porque hemos sido capaces de esforzarnos por conseguir una meta alta, un ideal humano? Si una novia es fácil de conquistar tendemos a despreciarla, no queremos a una mujer fácil por esposa, buscamos a una mujer que sepa darse su lugar.

Abordemos la cuestión desde otro punto de vista: ¿Si todos queremos el bien, porque no todos somos felices? No somos felices porque no somos inteligentes a la hora de decidir. Generalmente tomamos nuestras decisiones en función de lo que se nos antoja y tendemos a aspirar a bienes de menor talla que no satisfacen completamente. Es decir, no sabemos distinguir los bienes reales de los bienes aparentes. Cuando se nos antoja algo se nos presenta como un bien, pero necesitamos de la inteligencia para poder decidir si ese bien que se nos antoja es verdaderamente un bien o es solo una apariencia de bien. Si aun perro le pones un filete envenenado se come el filete, si a un hombre lo pones delante de un corte envenenado, aunque no haya comido en tres días, no considerará la opción.

Es un error identificar la felicidad con el éxito. La felicidad es un bien que se tiene poco a poco, de menor a mayor. El éxito es un bien que no se tiene hasta que se alcanza, y además es muy contingente, en el fondo confundir al éxito con la felicidad es buscar que los demás reconozcan el valor que tiene uno como persona, pero eso en último término no depende de lo que haga uno sino de los demás. Por mejor persona que sea si los demás no son capaces de apreciarlo nunca voy a ser reconocido. Ser reconocido no es lo mismo que ser bueno. Ser reconocido es accidental, e innecesario para ser feliz, plateémoslo de este modo ¿Qué es mejor, ser reconocido o ser feliz?

También es un error confundir la felicidad con el poder, el poder es solo una herramienta para alcanzar más cosas, pero si no se sabe lo que se quiere, ¿qué se hace con todo ese poder? ¿No es más sensato encontrar lo que se quiere y luego adquirir el poder justo para alcanzarlo? ¿No nos ahorraría esto tiempo y molestias? Imagina la historia de un hombre que envejeció buscando el poder y luego no supo que hacer con el, que vida más frustrante.

Para ser feliz hay que ser honesto consigo mismo, y esto en cierto sentido, es hacer filosofía. La filosofía no es otra cosa que la búsqueda teórica de eso a lo que todos aspiramos, el Bien. Conforme se va subiendo de nivel humano, cada vez va siendo necesaria cierta honestidad intelectual. A veces el bien exige que renunciemos a cosas a las que estamos muy apegados o que nos apetecen mucho, y tendemos a auto engañarnos para justificarnos. Ser un buen hombre no es ni cómodo ni fácil, exige honestidad intelectual, contemplar las cosas como son en realidad; y contemplar las cosas como son en realidad no es otra cosa que hacer filosofía.

La ética es la parte de la filosofía que se encarga de contemplar las cosa tal y como son en relación con nuestra voluntad y la búsqueda del Bien. En realidad, cuando decimos que una persona es muy ética queremos decir que suele ser muy honesto a la hora de distinguir entre el bien aparente y el real. Actuamos éticamente cuando actuamos correctamente, conforme a la verdad de las cosas. La ética y la filosofía son herramientas para dirigir adecuadamente nuestras vidas hacia la felicidad. Sólo cuando comenzamos a alejarnos del bien real comenzamos a exigir certeza a la filosofía (aunque la tiene, y en mayor grado que las demás ciencias) porque en cierto sentido nos engañamos. En realidad no es un problema científico es una cuestión de autoengaño: mientras más nos dejamos llevar por los vicios más tendemos a rehuir de la realidad porque la realidad nos dice que lo que hacemos no es lo correcto. No queremos ver el bien real porque sabemos que no lo perseguimos. Y huimos más adentro, hacia la obscuridad, hasta convertirnos en bestias que no razonan. Cuando sabemos que obramos mal solemos correr de vuelta a la caverna.

Los filósofos solemos decir frases muy obvias, todos los párrafos anteriores pretenden justificar la siguiente obviedad: El hombre está hecho para vivir en la realidad, sólo ahí puede alcanzar su felicidad.

Es frecuente oír quejas de intelectuales por lo mal que estamos, por lo mal que va la sociedad. Es evidente que en esta época las cosas no van muy bien, es muy habitual que la gente escape de la realidad para escapar de la incomodidad (no sólo física, también psicológica y espiritual). Tendemos a interrumpir nuestro pensamiento para no tener que comprometernos con nada, por eso huimos de los bienes grandes y magnánimos que requieren sacrificio y pretendemos conformarnos con bienes de menor escala. Que no queremos pensar, que no queremos acudir a la realidad de las cosas, que nos quedamos en las apariencias, ya lo señaló perfectamente Heiddegger: “Lo más grave de esta época grave es que aún ni pensamos”. La sociedad exige a la juventud honestidad intelectual y compromiso vital con los bienes más altos a los que puede aspirar el hombre. Basta ya de autoengañarse, basta ya de vivir en la mezquindad y la superficialidad ¡Volemos alto! ¡Pronto! ¡Ya!